Hay minas despechadas, vengativas. Yo no. Entendí sus razones cuando me dijo que se iba, que me dejaba. Me pareció lógico. No necesité preguntarle si me había cagado, la verdad es que no era importante, todos sabemos que las amantes son meros síntomas de que la relación no va bien.
Yo también tengo parte de responsabilidad, esto es un ida y vuelta y tal vez no fuí la más amorosa y atenta de las parejas. Por eso cuando me dijo que necesitaba hablar me senté en el sillón muy serena, dispuesta a escucharlo y a comprenderlo. Era lo mínimo después de tantas cosas, tantos años, tantos proyectos.
Lo escuché decir que se había desenamorado, que se sentía asfixiado, triste, frustrado. Pobre, pensé, qué perdido iba a estar de ahora en más, qué solo, qué amargado... Me dijo que necesitaba estar solo, hacer su vida, viajar. Me dio pena y lo abracé como a un chico desesperado que no se da cuenta de las cosas... de las cosas que tiene, claro. Está bien, le dije. Te entiendo, Gordo. Andá. Si no me amas no hay nada que hacer.
No me disgustó quedarme sola, era una nueva experiencia y a mi siempre me gustaron las nuevas experiencias. Me costó un poco acostumbrarme, no digo que no, pero la vida es una aventura que hay que vivir, eso digo siempre.
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