Miedo a que de la nada la vida se te venga abajo, a que te lluevan pedazos de seguridades. Miedo a no encontrar tierra firme, a perder todo lo que con tanto trabajo lograste armonizar. Miedo a dejar de ser uno más en la cómoda, mediocre y burguesa rutina porteña. Miedo a darte cuenta que los años no vuelven, a sospechar que los seguís perdiendo. Miedo a pensar, a hablar, a decir, a lastimar. Lastimar. Eso da miedo. Miedo del propio cuerpo y del ajeno, miedo de las fantasías, de lo que podría ser.
Miedo de los pelitos imperceptibles que forman una hilera desde abajo de mi esternón hasta arriba de mi ombligo. Miedo de mi casa, de mi perro. De mi boca.
Tanto miedo.
Miedo a negar el deseo, a buscarlo toda la vida en el lugar equivocado. Miedo a cumplir 50 y después 60. Miedo a la quietud, a lo transparente, a lo correcto, a lo que se debe.
Miedo a ser vos mismo todo el tiempo, a convivir con vos mismo todo el tiempo.
Miedo sobre todo a cumplir el sueño adolescente, cual misión de empresa de telégrafos, y a tener que esconder la frustración de darte cuenta de que tu vida empezó a acabarse 10 años atrás-
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