De alguna forma mísica, como pasa siempre, me hice de una verdad muy personal.
Ser amante de un hombre conlleva todo un estilo de vida. Es una reeducación, una aceptación del quiero en vez del debo. Hablo de una cosa más bien estable, de un estilo de relación, hablo de amor.
Hay algo absolutamente insportable en el hecho de saber con seguridad que 52 fines de semana al año, los vas a pasar sola. O por lo menos sin él. Te vas a levantar tarde el domingo (tu única mañana libre) y no va a estar ahí para hacerte el café. No. Y lo sabes por adelantado. No va a ir con vos al cine, ni a ningún lado. No te va a ver vestida para salir. Y sabes que va a ser así.
Todos tus planes y proyectos de pareja se ven frustrados y entonces tenés que aprender a soportar las malditas 48 horas del sábado y domingo. Empezas a sentirte más feliz un martes que un sábado y por un lado sabés que te gustaría ser como el resto de los mortales, esos que adoran los sábados porque pueden hacer la siesta al lado de su otro, pero entendés que vos serías miserable (fuiste miserable) cuando no tenías ni los sábados, ni los martes. Entonces aceptas y buscas la mejor forma de pasar las horas. Vida de amante.
Pero no, hay algo más... A demás de la soledad, digo. A demás del irritante reclamo de tu madre... Es esa inseguridad viceral, enorme, que empieza a hacerte mella y te preguntas si tal vez no será este el fin de semana que deje de quererte. Si tal vez decide irse a vivir a Japón o tener un hijo. O si simplemente el lunes no vuelve a aparecer. No tenes cómo contactarlo, no tenes quién te consuele. Lidias sola con tu cabeza, tu cuerpo y tus dudas. ¿Y si se entera la mujer y la elije a ella? Lo impensable.
Pero tu amor es absoluto. Es ineludible. No acepta devoluciones, ni cambios. Está y se manifiesta, asi que sabes en el fondo de tu alma que mientras sigas sintiendo así, tu mejor opcion es evaluar la forma de dormir las 48hs seguidas y levantarte radiante y energizada el lunes esperando que nada haya cambiado desde el chau del viernes. Y ¿saben qué? generalmente, nada cambia.
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