Hace algunos meses, tal vez un año (quién se acuerda a esta altura) por esas cosas de la vida empezamos a conocernos. Por internet. No sé si era (¿seguirá siendo?) lector de este blog o si me encontró por Facebook, la cosa es que nos caímos bien, me pidió el Messenger y así arrancamos.
Hablamos todas las noches durante semanas. Llegaba los sábados a las cuatro de la mañana a mi casa y tenía mensajes de él, una ternura. Avanzaba el tiempo y la intensidad no decaía, es extraño de pensar ahora, pero yo estaba fascinada con la posibilidad de encontrarlo todas las noches del otro lado, dispuesto a ser mío un par de horas, las que fueran.
Un día, como gran muestra de avance en la relación, me pidió que le encendiera la cámara. Fue la primera vez que le vi la cara, en realidad, era la primera vez que usaba la web-cam en mi vida. Me acuerdo que me ví a mi misma y pensé que parecía demasiado modosita... pero la verdad es que me moría de verguenza.
Sabía todo de él. Bah, todo lo fáctico. Horas y horas pasamos conociéndonos (y gustándonos), no tocamos temas incómodos, no nos pusimos sexuales... Eso me llamaba un poco la atención, hasta me decepcionaba.
Dos meses después seguía sin siquiera pedirme el teléfono. Yo para esa época ya me había imaginado cómo serían nuestros hijos, nuestra casa. Afirmaba que es posible enamorarse de las palabras, así, de lejos, sin conocerse. Fantaseaba con el día en que finalmente nos besáramos, palomas blancas, pétalos de rosas sobre la cama... (cama situada en un telo de los caros; romántica si, boluda no).
Pero ese día no llegaba. El amor es como una campana de Gauss y una vez que pasaste la cima, empieza el descenso.
En esa época todavía conservaba algún resto de inocencia y jamás se me hubiera ocurrido que el problema fuera una novia en su haber, asi que ni lo pensé como posible. De todas formas (ridículo después de tanto bla bla) le pregunté expresamente si estaba en pareja y me respondió, casi ofendido que no. ¿Y entonces? Nuestro amor era un hecho, solo faltaba consumarlo y ser felices. ¿Por qué no me invitaba a salir?...
Algunos días después (y ya bien abajo en el descenso, es decir, dispuesta a correr el riesgo de asumir nuestro divorcio) no soporté más y de la manera más hostilmente frontal le pregunté por qué no me quería invitar a salir. Simple.
Y más simple aún fue la respuesta: Pensé que sabías, yo no conozco chicas por internet.
Le dediqué algunas lágrimas, me sentí la más patética de las patéticas, recordé a mi madre y a mi abuela hablando de como la hija de la cuñada de la vecina se había ido a vivir a Yugoslavia porque conoció y "se enamoró" del coreano hijo de yugoslavos en un "¿chat se dice?" y ahora tenía 4 "chinitos" y estaba sola en la vida, sin patria, sin padres... Hasta que resurgí de las cenizas, y me di cuenta que tal vez sea un poco patética, pero a mi las palabras me gustan más que el punchi punchi, los tildes más que el vodka y las 10 de la noche, más que las 5 de la mañana. Y encima, el maquillaje me da alergia.
Algunos meses depués me enamoré de las palabras y después del escritor. Entendí entonces que el olor del ser amado no se puede escribir, pero sigo sostendiendo que los subtextos son mucho más poderosos que los escotes.
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